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ALFON LIBERTAD

martes, 29 de enero de 2013

No te mueras aún


Lo que yo había iniciado, en medio del puente de Brooklyn, era lo que había iniciado una y mil veces en el pasado, por lo general cuando me dirigía a la tienda de mi padre, cosa que se producía día tras día como en trance. En resumen, lo que había iniciado era un libro de horas, del tedio y la monotonía de mi vida en plena actividad feroz. Hacía años que no pensaba en aquel libro que solía escribir todos los días en el trayecto de Delancey Street a Murray Hill. Pero, al pasar por el puente con la puesta de sol y los rascacielos brillando como cadáveres fosforescentes, sobrevino el recuerdo del pasado... el recuerdo de ir y venir por el puente, ir a un trabajo que era la muerte, regresar a un hogar que era un depósito de cadáveres, recitar de memoria Fausto mientras miraba el cementerio ahí abajo, escupir al cementerio desde el metro elevado, todos los días el mismo guarda en el andén, un imbécil, los otros imbéciles leyendo sus periódicos, nuevos rascacielos en construcción, nuevas tumbas en las que trabajar y morir, los barcos que pasaban por debajo, la Fall River Line, la Albany Day Line, por qué voy a trabajar, qué voy a hacer esta noche, cómo podría meter mano en la entrepierna a esta chati tan rica aquí, a mi lado, escapa y hazte vaquero, prueba la suerte en Alaska, las minas de oro, apéate y da la vuelta, no te mueras aún, espera un día más, un golpe de suerte, el río, acaba de una vez, hacia abajo, hacia abajo, como sacacorchos, las cabezas y los hombros en el fango, las piernas libres, los peces vendrán a morder, mañana una vida nueva, dónde, en cualquier parte, por qué empezar de nuevo, en todas partes lo mismo, la muerte, la muerte es la solución, pero no te mueras aún, espera un día más, un golpe de suerte, una cara nueva, un nuevo amigo, millones de oportunidades, eres aún muy joven, estás melancólico, no mueras aún, espera un día más, un golpe de suerte, en fin, a tomar por culo, etcétera, por el puente y dentro de la jaula de cristal, todos apiñados, gusanos, hormigas, saliendo a gatas de un árbol muerto y sus pensamientos saliendo igual... Quizá, por encontrarme allí arriba entre las dos orillas, suspendido sobre el tráfico, sobre la vida y la muerte, con las altas tumbas a cada lado, tumbas que resplandecían con la moribunda luz del ocaso, el río corriendo indiferente, corriendo y corriendo como el tiempo mismo, quizá cada vez que pasaba por allí arriba algo tiraba de mí, me instaba a asimilarlo, a anunciarme; el caso es que cada vez que pasaba por allí arriba estaba solo de verdad y siempre que ocurría eso empezaba a escribirse el libro, gritando las cosas que nunca había dicho, los pensamientos que nunca había expresado, las conversaciones que nunca había sostenido, las esperanzas, los sueños, las ilusiones que nunca había confesado.

HENRY MILLER
TRÓPICO DE CAPRICORNIO

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